
Este viernes 23 de octubre, tuvimos en Zigia28 un encuentro muy especial: se reunía teatro, encuentro vecinal y solidaridad con Palestina en una misma tarde. Además, la propuesta incluía aperitivo y música. El objetivo era recaudar fondos para la campaña «Mochila Escolar», destinada a ayudar a la infancia palestina refugiada en el Líbano y hay que decir que horas antes de que el evento comenzara, las localidades ya se habían agotado.
María fue la encargada de abrir el acto. Desde el escenario quiso recordarnos el momento tan crítico que estamos viviendo, las elecciones, las acampadas y la necesidad de que también desde el movimiento vecinal se tome parte en las luchas que están ocurriendo fuera del barrio. La propuesta de aquella tarde era precisamente esa: hablar de Palestina, desde el teatro y desde la comunidad. María agradeció a quienes habían hecho posible la convocatoria y, especialmente, al público. Después invitó a Ali a subir al escenario y juntas nos hablaron de la campaña «Mochila Escolar». Antes de comenzar la función hubo también un pequeño gesto que condensaba el sentido de esta jornada: una ilustración, presentada como recuerdo, con la intención de que Palestina siguiera presente después de aquella tarde. Una imagen para recordar que, de una manera u otra, Palestina nos une. Y entonces empezó la obra.
Al principio nos da la impresión de que ni los personajes parecen conocer la obra que se supone que están representando… y tampoco entienden muy bien qué hace tanta gente sentada delante de ellos. La situación tarda poco en revelar sus intenciones: aquello no va a ser una representación solemne sobre ningún gran tema. Al contrario. Salvar lo nuestro, la comedia de Vermut Teatro escrita y dirigida por Jorge Duque, empieza jugando con la propia idea de hacer teatro. Inesperadamente irrumpe una chica con una noticia que amenaza con echarlo todo abajo: no va a haber función. Por si fuera poco, una señora del fondo se levanta y parece dispuesta a marcharse. Alguien sale disparado para averiguar quién se ha ido. La respuesta no es precisamente la esperada: es su madre, que resulta ser diabética.
La escena empieza a adquirir una lógica propia, una lógica en la que cualquier intento de entender lo que sucede parece producir inmediatamente una situación todavía más absurda. Alguien habla de «teatro conceptual». Otro insiste en el concepto en sí. Otro, en el mensaje… y la obra sigue avanzando a base de personajes que intentan encontrarle un sentido a lo que está pasando mientras el propio escenario parece empeñado en demostrar que quizá no lo tenga. Desde el público, nosotros nos limitamos a reírnos, y mucho, ahora que nos hemos percatado ya de que podemos relajarnos porque es la función la que va a jugar con nosotros.
Desde el fondo interviene incluso la técnica, que anuncia la llegada de un cura que va a bendecir a los presentes. Entre los personajes que aparecen en la primera escena, hay dos, a cual más peculiar: se llaman Jesús y Lázaro. El primero es una especie de friki con gustos musicales muy concretos. El segundo está enamorado de él. Hasta ahí, todo podría parecer relativamente manejable. Pero entonces aparece el otro Jesús: el Jesús verdadero. Y, como todos imaginaréis, la situación empieza a complicarse bastante. El nuevo Jesús no tiene demasiado que ver con la imagen que uno pudiera esperar de él. Es ególatra y ocupa el espacio con una seguridad considerable. Lázaro, por su parte, aprovecha para hablar de algo bastante menos divino: el bullying. Nos encanta la fluidez con la que la escena mezcla referencias religiosas, problemas muy terrenales y una relación sentimental que encuentra una forma muy sui géneris de expresarse. Y, en medio de todo el lío, cantan juntos Cómo te puedo querer en mi vida.
La obra no parece tener intención de escoger entre la parodia y la crítica. Prefiere mezclarlas. Lo mismo sucede con las referencias que van apareciendo después, cada vez más reconocibles y más disparatadas.
En algún momento, como si el salto fuera completamente natural, aparece una “juez del purgatorio”. Va vestida de naranja y lleva unas solemnes chorreras de papel. La curiosa jueza, tras interrogar a los personajes, llega a la conclusión de que sí pueden ir al cielo, sin embargo, existe un pequeño problema administrativo: hay un cupo para entrar. Al parecer, ni siquiera después de morir se libra uno de las listas de espera. Para conseguir una plaza tendrán que superar una serie de pruebas. Y es ahí cuando la obra empieza a entrar en otro de sus terrenos favoritos: las identidades, los personajes famosos y la necesidad de convertirse en alguien distinto. La cultura popular irrumpe sin complejos, los personajes empiezan a mezclarse con nombres y situaciones propias de la prensa rosa, de la televisión y de un universo de celebridades en el que la identidad parece poder cambiarse de un momento a otro.
En otra de las divertidas escenas, una mujer llega a contratar a un sicario para que la mate. La razón tiene que ver con algo que, dentro de ese mundo de apariencias, parece todavía más importante que la propia vida: la belleza. El sicario, sin embargo, no se limita a cumplir su cometido. Antes de hacerlo, empieza a hablar con ella de sus problemas. Lo que parecía una escena de asesinato se convierte, inesperadamente, en una especie de sesión de psicología. El matón escucha. Ella habla. Y entonces aparecen más objetivos: Lady Gaga. El Vaticano. Los Javis.
Hay algo deliberadamente caótico en Salvar lo nuestro, que consigue seducirnos. Los personajes parecen estar siempre a punto de descubrir cuál es el sentido de lo que hacen, pero justo cuando parece que van a conseguirlo, aparece una nueva situación que obliga a empezar de nuevo. El humor nace precisamente de esa incapacidad para colocar las piezas en su sitio. Sin duda todos supimos entrar en el juego desde el primer momento, respondimos y nos divertimos mucho.
Al terminar la obra entendimos perfectamente que el título, Salvar lo nuestro, adquiría varios sentidos. Está, por supuesto, la historia que se desarrolla sobre el escenario y esa sucesión de personajes que intentan salvarse de un modo u otro. Pero está también la idea que había llevado a todo el mundo hasta Zigia28 este viernes: la de salvar lo que consideramos nuestro, entendiendo ese «nuestro» no como algo cerrado, sino como una comunidad que puede extenderse mucho más allá del barrio.
En Zigia28 la tarde continuó con un picoteo y música. El espacio que poco antes había estado ocupado por los personajes de Salvar lo nuestro pasó a ser, como siempre, nuestro cómodo lugar de encuentro.
Al principio de la tarde, María había hablado de Palestina, de la situación política y de la responsabilidad de participar desde el ámbito vecinal. Después había aparecido el teatro, con su Jesús ególatra, su Lázaro, su juez del purgatorio, sus aspirantes a celebridades, sus sicarios psicoterapeutas y sus ataques a los Javis. Y la noche terminaba con todos nosotros todavía allí, compartiendo un aperitivo, escuchando música, comentando cada escena de la función, y consiguiendo, en definitiva, que un viernes cualquiera, en nuestro centro, un grupo de personas se reúna para hacer teatro, hablar de Palestina y, durante unas horas, compartir el mismo espacio.
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