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El huevo de la serpiente. El nido de ETA en Madrid (10/06/2016) Por Isabel Camblor







El pasado regresó el miércoles 10 de junio a Zigia28 convertido en conversación, confesión y algo de ajuste de cuentas moral. Durante más de dos horas, el encuentro en nuestro centro reunió a antiguos militantes antifranquistas, vecinos del barrio, lectores y familiares de víctimas del atentado de la cafetería Rolando para escuchar una historia que, medio siglo después, sigue incomodando.

El coloquio estuvo presentado por Javier Martínez, director de Zigia28, y contó con las intervenciones de Tato Cabal, gestor cultural y escritor; Alicia Gómez Condado, hija de Francisco Gómez —asesinado por ETA en la cafetería Rolando—; y del propio Eduardo Sánchez Gatell, autor del libro y protagonista de buena parte del relato autobiográfico que atravesó la conversación.

La charla giraba en torno al libro de Eduardo —un relato autobiográfico sobre su relación juvenil con el entorno de Eva Forest y Alfonso Sastre y su implicación en los círculos clandestinos del Madrid de los años setenta—, pero lo que terminó ocurriendo fue algo más complejo que una presentación literaria. En la sala se mezclaron memoria histórica, autocrítica política y dolor personal en un tono más cercano a la confesión colectiva que al coloquio académico.

El público, en buena parte perteneciente a la generación que vivió aquellos años, escuchaba en silencio nombres, lugares y escenas: el Instituto Simancas, el barrio de San Blas, las reuniones clandestinas, la cárcel de Carabanchel, los comandos de ETA en Madrid o el piso de Virgen de Nuria 11, presentado durante toda la noche como “el nido de ETA en Madrid”.

Uno de los momentos más impactantes llegó cuando Eduardo recordó cómo, con apenas 18 años, salió de casa de Eva Forest armado por primera vez. “Salí de aquella casa con una pistola. Tenía 18 años”, dijo ante una sala completamente en silencio. A partir de ahí reconstruyó el clima político y emocional de aquella época: la fascinación juvenil por la revolución, la sensación de estar participando en un momento histórico y la mezcla de idealismo, radicalidad y fanatismo que atravesó parte de la izquierda antifranquista.

Lejos de cualquier épica nostálgica, el tono del relato fue crítico. Eduardo habló de la admiración casi filial que sintió por Alfonso Sastre y Eva Forest, pero también de la revisión moral y política que hizo años después de aquella experiencia. “No eran monstruos”, llegó a decir. “Eran fanáticos cegados”. Y añadió que el gran problema aparecía cuando alguien creía tener en sus manos “salvar a la humanidad”.

A lo largo de la charla defendió una tesis que atravesó todo el encuentro: que atentados como el de la cafetería Rolando o el asesinato de Carrero Blanco buscaban provocar una reacción represiva del franquismo para impedir una transición democrática encabezada por el Partido Comunista y Comisiones Obreras. Según explicó, la estrategia consistía en empujar al régimen hacia una respuesta violenta que radicalizara el conflicto político.

El debate se movió constantemente entre la historia política y las experiencias personales. Se habló de cárceles, torturas, clandestinidad y sectarismo ideológico, pero también de la capacidad de ciertas ideas para seducir a jóvenes que buscaban sentirse protagonistas de la historia. En uno de los pasajes más comentados de la noche, uno de los asistentes recordó una frase de Camilo José Cela: “Es muy fácil convertir a un joven en un radical; basta con hacerle creer que es importante”.

Pero el momento emocionalmente decisivo llegó con la intervención de Alicia Gómez, hija de una de las víctimas del atentado de la cafetería Rolando. Su presencia cambió por completo el tono de la conversación. Frente a los análisis políticos y las discusiones ideológicas, apareció de golpe la dimensión humana de aquella violencia.

Alicia recordó que tenía apenas cuatro años cuando mataron a su padre. “Mi padre no murió. A mi padre lo mataron”, explicó al hablar de cómo vivió aquella pérdida durante su infancia. Contó que durante años escuchó hablar de ETA como una organización antifranquista y liberadora, incluso dentro de ambientes de izquierdas, y cómo con el tiempo comprendió que la violencia había destruido la vida de familias completamente ajenas a cualquier enfrentamiento político.

Su intervención obligó a toda la sala a mirar el atentado desde otro lugar. Varios participantes reconocieron entonces que durante aquellos años apenas se pensaba en las víctimas. “Pensábamos en el objetivo”, admitió uno de los asistentes al recordar el ambiente político y la fascinación por la lucha armada que existía en algunos sectores de la izquierda radical.

La conversación derivó después hacia una reflexión más amplia sobre los fanatismos ideológicos del siglo XX, el peso del estalinismo, la fascinación por las revoluciones armadas y la pérdida del humanismo dentro de determinados discursos políticos. Se citaron a Camus, Sartre, Hannah Arendt o Koestler en una discusión que mezclaba memoria personal y análisis histórico. “Ese monstruo hay que desterrarlo para siempre de la izquierda”, afirmó Eduardo en uno de los cierres más contundentes de la noche.

El acto terminó lejos de cualquier solemnidad institucional. Hubo referencias a escritores del barrio, recuerdos de Angelina Gatell —madre del autor— y una invitación a organizar nuevos encuentros en septiembre. Afuera seguía la noche de junio madrileña; dentro quedaba la sensación de haber asistido no solo a una presentación de libro, sino a una revisión pública de las cegueras políticas de toda una generación y de las heridas que todavía permanecen abiertas medio siglo después.

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