Regresa todo de golpe: la música, los recuerdos e incluso la energía. Y como el repertorio de Rock Estilo incluye los temas más icónicos de la Movida Madrileña… Nacha Pop, Los Secretos, La Guardia, Alaska, escuchar nuevamente esas canciones en directo ha sido como abrir la caja del tiempo: no solo reproducían las melodías, sino también la chispa rebelde de la segunda mitad de los ochenta, esa mezcla de ingenuidad y urgencia creativa que caracterizó nuestra Movida.
Grupos como Nacha Pop, que aportaban una inolvidable sensibilidad poética, volvieron a tocar fibras muy íntimas. Y Alaska, con la que crecimos y que representó un valiosísimo símbolo de vanguardia, tampoco falto en este flashback imprevisto.
Hubo un momento especialmente mágico, antes incluso de que comenzara el concierto: mientras ensayaban, interpretaron un par de veces seguidas “El Límite”, de La Frontera. En ese instante ya supimos que lo que venía iba a ser grande. Esa canción, uno de los clásicos más potentes de La Frontera, tiene una fuerza y una energía inconfundible. Ver cómo la recreaban con tanta precisión mientras iban calentando motores nos dio una pista clara: el concierto iba a ser muy divertido, emocionante, y sin duda nostálgico. Cuando los chicos de Rock Estilo —Ángel Iglesias, Fernando Simón, José Álvarez, Manuel Capellán y Eduardo Gómez de Agüero— dieron comienzo al concierto, ya estábamos todos con las pilas puestas desde el primer acorde. Se estrenaron con un tema de rockabilly —“Be-Bop-A-Lula / “Go, Johnny, Go”— y continuaron sin pausa con un clásico como “Tutti Frutti”. Fue un arranque trepidante y un verdadero derroche de energía, tanto, que ni siquiera nos dejaron aplaudir entre canción y canción: una tras otra, sin solución de continuidad.
Pero ese primer segmento era solo el aperitivo. Justo cuando pensábamos que no podía subir más la intensidad, nos sorprendieron con “Escuela de Calor”, de Radio Futura, una de las más simbólicas de la Movida. Esa transición nos transportó al momento: como por arte de magia fuimos poseídos sin paños calientes por la energía y el ímpetu de los dieciséis años: para cuando empezaron esos memorables acordes, todo el público ya estaba entregado… y no dejamos de bailar hasta que el concierto terminó.
Lo más emocionante de todo fue ver cómo esa banda tributo no solo interpretaba los himnos de nuestra juventud, sino que los vivía con la misma pasión y desenfado que desplegaban los originales.
Al final del directo, la sensación no era solo la de haber asistido a un gran concierto, sino la de haber viajado: a un Madrid ochentero lleno de sueños, a nuestras propias adolescencias, a un periodo en el que la música era una válvula de escape y una forma de definirse y de pertenecer. Nos fuimos renovados, y con la certeza de que la magia que en una ocasión vivimos no va a desaparecer nunca mientras haya quienes la revivan.
Y lo mejor: prometieron volver por Carnaval. Os guardamos ya un hueco, chicos, no olvidéis vuestra promesa.

Comentarios
Publicar un comentario