El periodista y comunicador Jaime Rull condujo una conversación en la que durante más de hora y media desfilaron nombres, episodios políticos, recuerdos de medio siglo de periodismo y alguna que otra anécdota capaz de hacernos sonreír. Pero, por debajo de todo eso, latía siempre la misma pregunta: ¿en qué momento dejamos de indignarnos?
Jáuregui sabe contar la historia porque la ha vivido desde dentro. Recordó la Revolución de los Claveles, evocó a Adolfo Suárez y repasó décadas de vida política española con la serenidad propia de alguien que ha visto pasar gobiernos de todos los colores. Sin embargo, su mirada no estaba puesta en el retrovisor. Su preocupación era otra: el futuro de una sociedad que, a fuerza de acostumbrarse al ruido, corre el riesgo de dejar de distinguir lo importante de lo accesorio.
El origen de Quemados explica buena parte de ese planteamiento. El incendio que destruyó su vivienda fue el detonante de un libro que nació de la frustración, pero que terminó convirtiéndose en una reflexión mucho más amplia sobre el abandono del ciudadano. El fuego, nos explicó Jáuregui, no solo consume bosques o casas; también acaba calcinando la confianza cuando las instituciones llegan tarde o simplemente no llegan.
Uno de los momentos más interesantes de la tarde fue, precisamente, cuando el foco dejó de apuntar a la política para dirigirse hacia la propia sociedad. Jáuregui repartió responsabilidades: criticó el deterioro del debate público, reclamó un periodismo más incómodo con el poder y defendió una sociedad civil mucho más activa. Protestar, insistió el periodista, no es suficiente, hay que implicarse. Hay que participar. Hay que dejar de esperar que siempre sean otros quienes empujen.
Cuando Jáuregui nos reveló la idea de que está estudiando presentarse a la alcaldía de Tres Cantos, ese anuncio funcionó como una declaración de principios: si uno cree que las cosas pueden hacerse mejor, llega un momento en que escribir deja de bastar.
La conversación se movió continuamente entre la preocupación y el humor. Hubo ironías, complicidad con el público y un ir y venir constante entre las grandes cuestiones —la corrupción, la inteligencia artificial, la desigualdad tecnológica, el papel de Europa o la crisis de las instituciones— y las pequeñas escenas cotidianas que cualquiera reconoce. Esa mezcla hizo que el coloquio no sonara al discurso solemne, sino a la conversación de alguien que sigue haciéndose preguntas después de cincuenta años ejerciendo el periodismo.
Propongo que nos quedemos con una imagen que apareció casi al final. Jáuregui habló de la historia como un péndulo. Decía que ahora parece detenido en uno de sus peores extremos, pero que acabará moviéndose. La diferencia —añadió— es si decidimos empujarlo o nos limitamos a contemplarlo desde la barrera.
Quizá esa fue la verdadera presentación del libro. Porque Quemados no invita tanto a compartir el enfado como a preguntarse qué hacemos con él. Y esa, en los tiempos que corren, es probablemente una de las preguntas más incómodas y necesarias que pueden formularse.

Comentarios
Publicar un comentario