Tras presentar a César Fuentetaja Gutiérrezcon (Universidad de Granada) con quien compartiría la conferencia, Javier explicó el motivo de su presencia en Zigia28. Ambos forman parte del proyecto EAA/MYA, una colaboración entre la Universidad de Granada y el Ministerio de Cultura de Grecia dedicada al estudio de los sistemas de abastecimiento de agua de la antigua ciudad de Anfípolis. Se trata, además, del único equipo español que trabaja actualmente sobre el terreno en este ámbito de investigación.
La charla fue avanzando al ritmo de las imágenes proyectadas en la pantalla. Mapas, reconstrucciones, fotografías aéreas y vistas del paisaje acompañaban una explicación muy clara, construida a partir de ideas concretas y fáciles de seguir. Más que una sucesión de datos, Javier Martínez Jiménez fue levantando poco a poco el retrato de una ciudad cuya importancia se entiende mejor cuando se observa el territorio que la rodea.
Nos situó en la fundación ateniense de Anfípolis, en el siglo V a. C., y explicó por qué aquel enclave era estratégico. Habló de los cuatro puntos que daban sentido a su ubicación, de las guerras del Peloponeso y del episodio en que los espartanos lograron acceder a la ciudad utilizando el puente sobre el Estrimón. Poco a poco fueron apareciendo las distintas etapas de su historia: los periodos de prosperidad, las transformaciones urbanas, los estadios, las necrópolis, la construcción de basílicas cuando el cristianismo comenzó a extenderse y el progresivo temor a las invasiones que acabaría modificando la forma de habitar la ciudad.
Entre las imágenes proyectadas destacó también el imponente León de Anfípolis, monumento funerario que sigue siendo uno de los grandes símbolos del yacimiento y que sirvió para recordar hasta qué punto la ciudad estuvo ligada a algunos de los episodios más importantes de la historia del mundo griego y macedonio.
A continuación, tomó la palabra su compañero, centrando la atención en aquello que constituye el núcleo del proyecto arqueológico: los acueductos. Lejos de resultar un asunto excesivamente técnico, la explicación consiguió mostrar que comprender cómo llegaba el agua a Anfípolis es una de las mejores maneras de comprender la propia ciudad. Las conducciones cerámicas, las técnicas constructivas o el empleo del sifón para salvar desniveles revelaban un conocimiento de la ingeniería mucho más sofisticado de lo que solemos imaginar cuando pensamos en el mundo antiguo.
Fue entonces cuando la conferencia adquirió un tono especialmente cercano. De nuevo al frente de la explicación, Javier Martínez Jiménez dejó por un momento los planos y los mapas para hablar del trabajo de campo. Contó algunas de las dificultades cotidianas con las que se encuentran durante las campañas arqueológicas y lo hizo con pequeñas anécdotas. Habló de la gasolinera del pueblo, convertida casi en punto de encuentro obligado; de los cabreros que conocen cada rincón de la montaña y terminan siendo una ayuda inesperada; de los senderistas que, sin proponérselo, aportan información útil sobre el terreno. Son detalles aparentemente menores, pero ayudan a entender que la arqueología no se hace únicamente excavando. También consiste en caminar, observar, escuchar y aprender de quienes conocen el paisaje.
Resulta llamativo que el equipo de la Universidad de Granada sea el único que trabaja de manera específica en el estudio de los acueductos antiguos en Grecia. Y quizá ahí reside una de las aportaciones más interesantes del proyecto. Un acueducto no es solo una infraestructura hidráulica. Siguiendo el recorrido del agua pueden reconstruirse las distintas fases de crecimiento de una ciudad, comprender cómo evolucionó su urbanismo o explicar por qué determinados espacios adquirieron más importancia que otros. El agua termina convirtiéndose en una fuente histórica tan valiosa como una inscripción o un edificio monumental.
El interés del público quedó patente en el turno de preguntas que cerró la sesión. No fueron cuestiones superficiales. Se habló de los métodos empleados para calcular la población de una ciudad antigua, de las posibilidades que ofrecen los drones para documentar el terreno y también del papel que puede desempeñar la inteligencia artificial en la investigación arqueológica. La respuesta de Javier Martínez Jiménez fue prudente y realista. Reconoció que existen algoritmos capaces de facilitar algunas tareas, pero recordó que, al menos por ahora, el trabajo de campo sigue dependiendo de algo mucho más difícil de sustituir: recorrer el terreno, interpretar el paisaje y contrastar sobre el terreno aquello que la tecnología sugiere.
Mientras volvía a casa pensaba que, al final, la arqueología tiene mucho de “aprender a mirar”. Donde la mayoría solo vemos una ladera, un cauce o unas piedras dispersas, un arqueólogo es capaz de reconocer el trazado de un acueducto y, a través de él, reconstruir la historia de una ciudad entera. Quizá por eso el coloquio había empezado, en realidad, mucho antes de llegar a Anfípolis. Había empezado en el propio Zigia28, cuando Javier Martínez Jiménez recordó que aquel lugar había sido un garaje antes de convertirse en un centro cultural. Los espacios cambian, igual que cambian las ciudades. Pero siempre guardan alguna huella de quienes pasaron antes. La tarea de la arqueología consiste precisamente en aprender a descubrir esas huellas. Y durante una tarde, gracias al trabajo de un equipo español que investiga en el norte de Grecia, Anfípolis dejó de ser un nombre perdido en los libros de historia para convertirse en un lugar mucho más cercano.

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