
Hay quien piensa que un tebeo es apenas un puñado de viñetas grapadas o un entretenimiento infantil condenado a desaparecer en un desván cuando ya nadie recuerda quién fue su primer dueño. Sin embargo, basta escuchar durante un rato a quienes llevan años dedicando su tiempo a rescatarlos para comprender que un tebeo es mucho más que papel impreso. Es patrimonio y también una forma de entender cómo hemos cambiado como sociedad.
Esa fue la idea que sobrevoló la charla organizada por Zigia28 junto a la Asociación Cultural P.E.R.C.E.B.E., en la que Juanjo el Rápido y Miguel Bartolomé utilizaron la futura exposición Kiosko de Tebeos, del ilustrador GuiBo, como punto de partida para recorrer más de un siglo de historia del cómic español.
No fue una conferencia al uso. Fue una conversación llena de humor, anécdotas y pasión por un patrimonio cultural que durante demasiado tiempo se consideró menor. Desde el primer momento quedó claro que hablar de tebeos es hablar también de las personas que los leyeron, los conservaron y los siguen defendiendo como parte de nuestra memoria colectiva.
A partir de ahí comenzó un viaje que fue enlazando cabeceras, autores y épocas. Desde los primeros títulos satíricos hasta la explosión del cómic adulto, pasando por TBO, Pulgarcito, la escuela Bruguera, la censura, la Transición y el extraordinario auge creativo de los años ochenta. Cada revista explicaba un momento de la historia de España.
Mientras iban apareciendo nombres y portadas no pude evitar regresar a mis propias lecturas. Recordé aquellas tardes en las que descubrir un nuevo número de Cimoc era abrir una puerta a mundos completamente distintos, o cuando 1984 nos hacía sentir que la ciencia ficción podía ser mucho más que naves espaciales y robots. Eran revistas que obligaban a leer despacio, a detenerse en el dibujo y a volver sobre las páginas una y otra vez. Quizá por eso siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria de quienes crecimos con ellas.
Y, por supuesto, también apareció inevitablemente Víctor Mora, uno de esos nombres imprescindibles del cómic español. Aunque muchos lo recuerdan por El Capitán Trueno, siempre he sentido una especial debilidad por El Corsario de Hierro. Aquellas aventuras tenían algo que hoy resulta difícil encontrar: el gusto por los grandes relatos de viajes, la épica y la libertad. Eran historias que invitaban a soñar mucho antes de que existieran internet o las plataformas de vídeo.
La charla dejó además una reflexión muy sugerente sobre el propio acto de coleccionar. Solemos asociarlo a una afición casi obsesiva, pero quizá sea también una forma de conservar la memoria. Muchos de los ejemplares que hoy permiten reconstruir la historia del tebeo español no sobrevivieron gracias a instituciones oficiales, sino porque alguien decidió guardarlos durante décadas en una estantería o en un altillo.
En ese sentido, el trabajo de GuiBo adquiere un valor especial. Su serie Kiosko de Tebeos no reproduce simplemente portadas históricas; las reinterpreta desde una mirada contemporánea capaz de despertar la curiosidad de quienes nunca conocieron aquellas publicaciones y, al mismo tiempo, provocar una sonrisa de complicidad entre quienes sí las recordamos.
También hubo tiempo para hablar del presente. La desaparición de las revistas periódicas, el auge de la novela gráfica o la lectura digital demuestran que el cómic continúa transformándose. Cambian los formatos, pero permanece intacta la necesidad de contar historias con palabras e imágenes.
Al terminar el encuentro nos quedó una sensación muy clara: la exposición que se inaugura en la Embajada de los Tebeos no es solo una colección de portadas. Es una invitación a mirar hacia atrás y reconocer que buena parte de nuestra educación sentimental también pasó por los kioscos. Porque, al fin y al cabo, todos recordamos el primer tebeo que nos hizo viajar sin movernos de casa. Y esa capacidad de permanecer en la memoria quizá sea la mejor prueba de que las viñetas nunca fueron un entretenimiento menor, sino una forma de contar la historia de varias generaciones.
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