
La universidad en disputa: una conversación necesaria en Zigia28 (26/03/2026) Por Isabel Camblor
Lo que está en juego en la universidad madrileña ya no es solo su financiación, sino su sentido. Esa fue la idea que atravesó el coloquio celebrado el 26 de marzo en Zigia28, presentado por Noelia Fernández, profesora ayudante doctora en políticas educativas, y Gala Arias, profesora permanente laboral en traducción en la Universidad Autónoma de Madrid. A partir de esta premisa, la conversación fue tomando forma a través de sus voces, que no se limitaron a exponer datos, sino que fueron hilando un relato que todos reconocemos de sobras puesto que ya llevamos tiempo observando este conflicto: huelgas, manifestaciones y titulares cada vez más frecuentes.
Madrid, nos contaron, ha cambiado de mapa universitario. Donde antes predominaba lo público, hoy crecen las instituciones privadas: catorce frente a seis. No es una cifra aislada, aseguró Noelia, sino el síntoma de una tendencia que se acelera desde hace años. Desde 2019, seis nuevas universidades privadas han aparecido en el horizonte. Y con ellas, está llevándose a cabo otro desplazamiento más sutil: el de los propios estudiantes. Cada vez más optan por la privada, especialmente en los másteres, donde las cifras hablan por sí solas. Lo que en la pública ronda los 5.000 euros, en la privada puede superar los 28.000.
Porque, como señalaron las ponentes durante el coloquio, cuando el acceso depende de esa brecha, la universidad deja de sentirse como un derecho y empieza a percibirse como un privilegio, o directamente como un mercado.
En ese punto, la conversación se detuvo en lo esencial: ¿para qué existe la Universidad? Docencia, investigación, transferencia, tres palabras que, sin embargo, no pesan lo mismo en todos los modelos. La reforma de Bolonia, explicaron, ha inclinado la balanza hacia la competitividad y la empleabilidad, dejando en segundo plano otras funciones menos cuantificables, pero igual de necesarias.
Frente a ello, Gala y Noelia defendieron la universidad pública como el único espacio capaz de sostener algo más que la formación profesional: un lugar donde todavía es posible construir pensamiento crítico, donde el conocimiento no está completamente subordinado a la lógica del beneficio. Y no se trataba solo de calidad —aunque insistieron en que la pública sigue mejor posicionada en los rankings—, sino de función social. De derechos, concretó Noelia.
A partir de ahí, la pregunta cambió de tono: ¿qué universidad queremos? La respuesta llegó con claridad: pública, gratuita, bien financiada, democrática y libre de violencias. Una declaración que, lejos de sonar abstracta, se conectó con denuncias concretas: desde la represión policial hasta la presencia de grupos de extrema derecha en determinados espacios.
Pronto se introdujo un elemento distinto: las propuestas. Diez medidas en defensa de la universidad pública, fruto de una gira que —según explicaron— no busca solo informar, sino también activar. Este jueves estaban estrenándolo en Zigia28 y tienen intención de continuar informando porque lo que está en juego, insistieron, no se resolverá únicamente en las aulas.
El turno de palabra del público terminó de abrir el coloquio. Surgieron dudas sobre nuevas universidades privadas que, aun sin cumplir todos los criterios de calidad, siguen adelante. Se habló del auge de la enseñanza online. También de cómo han cambiado los filtros de acceso: de una universidad que antes expulsaba a quienes no superaban los primeros cursos a otra en la que muchos optan directamente por la vía privada.
Hubo recuerdos, críticas y también percibimos mucha esperanza. Noelia se mostró optimista: “hemos conseguido muchas cosas”, dijo, situando este proceso como un camino ya iniciado.
El encuentro terminó sin conclusiones cerradas, pero con una misma sensación compartida por quienes estábamos allí: la universidad, como tantas otras instituciones, está en disputa. Y lo que ocurra con ella no será una cuestión solo académica, sino profundamente social.
Entre intervenciones, un asistente agradeció explícitamente a las ponentes una labor que, señaló, ya ha trascendido el ámbito académico para instalarse en la calle. Más que un final, fue la constatación de que el conflicto —y también la respuesta— sigue en marcha.
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