Nombrar lo que fue silenciado sigue siendo una tarea necesaria. Los dos documentales que se proyectaron este once de marzo en Zigia28 partían de esa urgencia: recuperar historias de mujeres atravesadas por la exclusión y el control.
Nuestro centro acogió esta sesión en la semana de la mujer, una propuesta que logró reunir a un número considerable de asistentes, con una mayoría de mujeres, pero también con la presencia de hombres interesados en acercarse a estas realidades. Durante toda la actividad se mantuvo un ambiente de atención y respeto, marcado por el silencio concentrado de quienes asistían. No obstante, tras las proyecciones no se organizó ningún coloquio o espacio de debate, lo que dejó muchas reflexiones suspendidas en el aire.
La sesión se inició con la proyección de Las Sinsombrero, un documental que reivindica la trayectoria de las artistas e intelectuales vinculadas a la Generación del 27. Frente a la imagen tradicionalmente masculina con la que se ha construido el relato de este movimiento cultural, este documento plantea una revisión crítica del canon y evidencia hasta qué punto la historia de la cultura española ha sido narrada desde parámetros excluyentes. A través de imágenes de archivo, testimonios y fragmentos de sus propias creaciones, este imprescindible documental rescata a mujeres que participaron activamente en la renovación artística de su tiempo, pero cuya memoria fue relegada durante décadas. Desde una perspectiva feminista, la proyección resulta especialmente significativa porque demuestra que la invisibilización no fue circunstancial ni inocente, sino fruto de estructuras sociales que limitaron el reconocimiento público del talento femenino.
A continuación, se proyectó el documental dedicado al Patronato de Protección a la Mujer, institución creada en 1941 que durante años ejerció un férreo control sobre miles de jóvenes consideradas en situación de “riesgo moral”. La película expone con crudeza la dimensión represiva de un organismo que, bajo el discurso de la tutela y la protección, condicionó la vida y la libertad de numerosas mujeres. Los testimonios recogidos nos permiten comprender el alcance de un sistema que utilizó la moral y la disciplina como herramientas de control social, evidenciando cómo los cuerpos y las conductas femeninas fueron objeto de vigilancia institucionalizada.
El “diálogo” implícito entre ambos documentales resulta especialmente revelador: por un lado, se muestra la exclusión simbólica de las mujeres del relato cultural dominante; por otro, el control directo de sus trayectorias vitales en el ámbito social e institucional. Esta combinación nos ha llevado a entender sin concesiones cómo la desigualdad de género no se ha manifestado de una única manera, sino a través de mecanismos diversos que han operado simultáneamente a lo largo del tiempo.
Actividades tan necesarias y reivindicativas como la de la tarde del día once en Zigia28 nos invitan a replantear la forma en que se ha construido la memoria colectiva y a cuestionar los silencios que todavía persisten.
Más allá de su claro valor cultural, las dos proyecciones evidenciaron también que la memoria histórica continúa siendo un terreno atravesado por relaciones de poder. Recordar a las creadoras borradas del relato oficial o a las jóvenes sometidas al control del Patronato no podemos considerarlo un gesto neutro ni tampoco solo conmemorativo, ya que supone cuestionar los cimientos de una tradición que ha legitimado la desigualdad. Desde una mirada —no deberíamos llamarla solo feminista sino más bien universal—, estas proyecciones funcionan como un acto de resistencia frente a la tendencia a minimizar las violencias del pasado o a presentar la lucha por la igualdad como una cuestión ya resuelta. Recuperar estas historias implica, además de hacer justicia simbólica, asumir y afirmar con contundencia que el presente sigue condicionado por esas herencias. La memoria, en este sentido, no debemos entenderla como un ejercicio de nostalgia, sino como una herramienta crítica capaz de interpelar y, esperemos, transformar la mirada con la que pensamos nuestra propia realidad.

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