Este jueves 26 en Zigia28 estábamos todos expectantes por la curiosidad. No era solo la presentación de un libro; era la visita de alguien que ha atravesado casi todos los paisajes políticos imaginables y que, además, está dispuesto a contarlo sin demasiados filtros.
Jaime Rull lo presentó como “joven promesa de la política” y las risas fueron inevitables. También lo definió como tímido, pero bastaron apenas unos minutos para comprobar que la timidez, si existe, se le pasa en cuanto empieza a hablar.
Había en la forma de expresarse de Vestrynge algo de profesor que disfruta explicando. No daba la impresión de estar defendiendo una postura sino más bien de estar razonándola en voz alta, tal y como sucedería en cualquier aula universitaria.
Verstrynge comenzó por el principio: su salida de Tánger, su llegada a España, su etapa en Francia. Habló del Marruecos que conoció y del rey Hassan II, un país dividido que, según contó, logró mantenerse unido. Lo hizo con el tono que empleó durante toda la charla, una mezcla de memoria personal y lectura política.
Entre recuerdos más íntimos, compartió que en casa le llamaban George y que, cuando aterrizó en España, hablaba castellano con acento francés. “Eso ayudaba a ligar”, dejó caer con una sonrisa. También se declaró ateo, sin más, simplemente se estaba definiendo.
Su recorrido político salió pronto a la conversación. Nos contó que fue alumno de Manuel Fraga y que años después acabaría sustituyéndole al frente de Alianza Popular. Cuando Jaime le preguntó si en estas memorias ajustaba cuentas con Fraga, negó con la cabeza. Hubo discrepancias, admitió, pero no rencor. En contraste, habló con afecto de Santiago Carrillo. En su biografía caben muchas contradicciones, y no parece tener problema en reconocerlas: del fascismo al comunismo, pasando por casi todas las estaciones intermedias.
No esquivó la actualidad. Fue duro con Mariano Rajoy y con Alberto Núñez Feijóo, a quienes, según comentó, él ve faltos de altura política. En cambio, se refirió a José María Aznar como “el último gran líder de la derecha”. Curiosamente —y lo contó casi como una anécdota de otra vida— Aznar fue ayudante suyo durante un tiempo.
A lo largo de la tarde fue apareciendo una idea que parecía vertebrarlo todo: la convicción de que el único poder legítimo es el del pueblo. Durante años, confesó Vestrynge, buscó a la persona capaz de convertir España —“que es un buen país”— en un país “cojonudo”. No la encontró. Y de ahí su conclusión: al final, solo el pueblo puede sacarse a sí mismo adelante.
Hubo momentos más teóricos, como cuando diferenció entre comunismo y populismo. Lo explicó de forma casi desarmante: el comunismo es optimista; el populismo, pesimista. Vivimos tiempos de desilusión, nos dijo… y, aun así, siempre queda el pueblo.
Se mostró escéptico respecto a la idea de Europa y crítico con la entrada en la OTAN, que considera un paso más en el sometimiento a intereses estadounidenses. Contó incluso que España pudo haber desarrollado la bomba atómica, pero que Francisco Franco no quiso seguir adelante para no molestar a los americanos.
También habló del 23F y cuestionó el papel atribuido al rey emérito Juan Carlos I en la versión más difundida de aquellos hechos. Fue este uno de los momentos más intensos, porque no se limitó a opinar: relató episodios y experiencias que, según él, desmontan el relato oficial. Entre las anécdotas más duras, recordó los años en el País Vasco cuando lideraba la derecha: “Cada vez que viajaba allí era para enterrar a alguien”. Durante unos segundos no añadió nada más; esa frase quedó flotando en la sala, y sin duda todos sentimos su peso.
El público participó mucho. Se habló del Sáhara, de Marruecos como “guarda frontera” de Europa, de inmigración —necesaria, pero problemática si es excesiva—, de la unión de la izquierda propuesta por Gabriel Rufián. Surgieron nombres propios como Pablo Iglesias, a quien tuvo como alumno y al que reconoce brillante; Hugo Chávez, a quien conoció; o su colaboración con Podemos, proyecto que, según contó, fue muy interesante en sus inicios, plural y prometedor, pero que perdió fuerza al cerrarse y no dotarse de una estructura sólida.
Casi al final, Rull le preguntó si “alguna vez le habían hecho callar”. Dijo que no. Bueno, casi nunca: en una ocasión, en TVE, le silenciaron. Lo contó sin victimismo, más como constatación que como queja.
La tarde terminó con una reflexión que nos sonó un poco a advertencia y también a balance de vida: las utopías de izquierdas, afirmó, han sido traicionadas demasiadas veces por sus propias élites.
Este jueves en Zigia28 podemos afirmar que no hubo discursos planos ni respuestas típicas de manual. Hubo memoria, ironía y algo de contradicción. Y nuestra sensación en todo momento fue la de estar escuchando a alguien que, esté uno de acuerdo o no, sigue dispuesto a decir lo que piensa. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.

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