El músico venezolano Luis Ernesto Gil, figura reconocida dentro y fuera de la escena caraqueña, abrió la velada con unas palabras cargadas de amor, gratitud y cercanía. Acompañado por una banda rica en matices —maracas, batería, bajo, cuatro, guitarras y flauta— comenzaron con una bossa nova en portugués donde la flauta asumió un protagonismo conmovedor, regalando un solo que capturó la atención del público.
Mientras en la barra se servían los aperitivos habituales con los que Zigia28 suele acompañar sus conciertos, el ambiente empezó a transformarse. En uno de los temas, un asistente del público subió espontáneamente al escenario para improvisar una segunda voz, aportando una densidad inesperada y hermosa a la canción. Fue entonces cuando la jam se volvió real: la frontera entre músicos y audiencia empezó a difuminarse.
Luis Ernesto interpretó después un tema con un marcado tono de cantautor, íntimo y llamativo, y a partir de ahí la noche se convirtió en una sucesión de encuentros musicales. Artistas venezolanos y músicos locales fueron apareciendo, llamados por el propio Gil desde el escenario, construyendo una experiencia llena de fuerza y complicidad. Su capacidad para moverse con agilidad entre la música popular, las versiones acústicas y los repertorios de raíz latinoamericana dejó claro por qué es una figura tan aclamada dentro de la diáspora musical venezolana.
Casi mágica resultó la performance de Roberto Castillo, que combinó zapateado, percusión corporal y sonidos inesperados en una pieza fascinante que arrancó la admiración del público.
La sala, en penumbra y completamente abarrotada, reunía una mezcla entusiasta de público latino y europeo. La música, profundamente enraizada en Venezuela y en América Latina, se abría también hacia dejes folk y arreglos acústicos diversos, creando una atmósfera cálida y envolvente.
Uno de los gestos más llamativos de la noche fue, sin duda, la conexión con la audiencia. Luis Ernesto no se limitó a cantar: hablaba entre canciones, hacía bromas suaves, presentaba a cada músico de la banda y les ofrecía a cada uno momentos de protagonismo. Más que un espectáculo lo que se vivía allí era una “conversación musical.”
En un momento especialmente emotivo, dedicaron un tema a Caracas. Poco después, Gil invitó al escenario a un músico al que llamó su “padrino”, y pidió silencio absoluto para interpretar una canción cargada de intensidad. La sala respondió con un respeto total.
Más tarde llegó el turno de su hermana, a quien llamó entre risas e historias compartidas. Ella cantó en solitario una canción de Rosario Flores, mientras Luis Ernesto tomaba las maracas, en un intercambio familiar y entrañable que el público celebró con entusiasmo.
La sucesión de amigos, colaboradores y espontáneos rompió por completo la barrera entre escenario y sala. La música se volvió colectiva, compartida, imprevisible. Cada invitado aportaba una energía distinta, y Luis Ernesto, lejos de perder el hilo, parecía disfrutar aún más, dejando claro que su música está hecha precisamente para tender puentes.
Al final, lo que quedó no fue solo el recuerdo de las canciones, sino la sensación de haber asistido a algo más grande: una celebración de comunidad, identidad y mezcla. Una noche donde Venezuela estuvo presente, pero también el mundo entero alrededor, escuchando.
Sin duda, un cálido hechizo de esos que solo se consiguen en los conciertos que no solo se oyen, sino que se viven.

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