
Entramos en Zigia28 un viernes trece con la noble función de machacar lo establecido, pues es Carnaval y esto está a rebosar de hadas en enaguas, de gnomos risueños, elfos centenarios y otras muchas criaturas que probablemente todos vosotros os negaréis a considerar verosímiles. ¿Qué ven nuestros ojos? ¡Bandejas con croquetas, pastelitos y empanadillas! Nos abalanzamos sobre ellas, pero eso sí, con gran disimulo, fingiendo un comedimiento que hoy es imposible que exista.
Yo traía una idea esbozada sobre lo que iba a encontrarme hoy en Zigia, una idea que incluía música disparada por los mástiles de unas guitarras que manejan con pericia magistral nuestros amigos del grupo Estilo… tal vez brindaríamos con vino blanco Villarta y quién sabe si tendría yo la ocasión de bailar con un vikingo de barbas doradas. Poco a poco parece que esa idea que yo proyecté antes de entrar va tomando forma hasta encajar perfectamente en el universo de lo real, aunque en este caso se trate de una realidad algo trastocada, pues así debe ser en la fiesta más loca del año. Como mi vikingo no aparece, bailo sola y tan contenta. A lo lejos observo que una dama decimonónica está mondándose de risa y un poquito más cerca puedo apreciar cómo un vampiro salta ágilmente sobre una cripta invisible al ritmo de El Límite, de La Frontera, versionado por Estilo. Un tipo con una máscara a quien, como es lógico, no hay forma humana de reconocer, me saluda con entusiasmo y yo devuelvo el saludo como suelo hacerlo siempre, desde el despiste y la prosopagnosia, a los que ahora, por añadidura, hay que agregar que la cara del referido individuo está cubierta. Una dama flota hacia mí desafiando cualquier ley física, lo cual no me sorprende, ya que detrás de ella asoma algo aún más difícil de asumir, si cabe: una enorme peluca rizada y rubia que resulta estar sobre la cabeza de Aleix, quien camina enfundado en unos pantalones de oro de mil kilates. De una inesperada cuarta dimensión surgen de pronto Fernando, transformado en cowboy, y Virginia, vestida con un precioso traje largo y un tocado medieval.
Irrumpe ahora en este escenario algo onírico y del todo surreal, un grupito muy colorido, con el que suelo encontrarme aquí en Zigia siempre que hay celebración especial. Una de las chicas, Lola Rojo, me cuenta al oído que siempre lee mis crónicas, deferencia que me hace muy feliz, así que le doy un abrazo gigante y decido en ese mismo momento que la crónica de hoy se la dedicaré a ella.
Como la música de los ochenta, tan pegadiza como seductora, no nos ofrece un segundo de tregua, nos descubrimos los unos y los otros coreando las canciones que nos han acompañado a lo largo de la vida: capturamos en una sola secuencia nuestra adolescencia, el mundo entero moviéndose y creciendo y este momento cómplice, divertido y valiosísimo que estamos viviendo ahora.
Todos estaríamos encantados de que el tiempo se detuviera en este poderoso instante, pero no se nos hace el milagro porque, como ya sabemos, todo lo que empieza, incluidas las fiestas de Carnaval, tiene que terminar. Puede que ahora sea el momento de regresar a nuestra condición primigenia, a nuestra naturaleza y también el momento de abandonar hasta el próximo febrero las identidades inventadas. Pero como nos lo estamos pasando muy bien, prolongamos como podemos nuestro tiempo en Zigia y pedimos con toda la exaltación del mundo “una más” a Estilo. Y ellos, por supuesto, no dudan en concedernos el deseo.

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