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ENCUENTRO SOLIDARIO: COMUNIDAD PALESTINA. 9/01/2016 Por Isabel Camblor




La tarde del viernes 9 de enero de 2026, Zigia28 se convirtió por unas horas en un sorprendente universo onírico: nuestro espacio se transformó en un lugar que parecía obedecer a otra lógica, como si la realidad se hubiera permitido un desvío: niños corriendo libres, atravesando el espacio con su risa desordenada, mientras a su alrededor iban surgiendo figuras de lo más improbables: cuerpos exageradamente altos, sombreros que desafiaban la gravedad, disfraces imposibles que remitían más al territorio del sueño que al de lo reconocible. Todo tenía algo de cuento trastocado, de escena a medio camino entre la fantasía y la vigilia; se trataba de una performance espontánea compuesta por personas absolutamente diferentes que, sin embargo, encajaban a la perfección. En ese paisaje prodigioso, los niños eran el eje, la medida secreta de lo que estaba ocurriendo. Y quizá por eso el ambiente lograba algo poco común: convertir la reivindicación de Palestina en un espacio habitable, cálido y compartido, donde la solidaridad tomó una forma inesperada y muy poderosa. No importaba quién era quién ni de dónde venía cada cual. Bastaba con mirar la escena para percibir como personas de procedencias distintas —palestinas y no palestinas— compartían una misma disposición: estar, acompañar, sostener, y en definitiva evitar que una realidad demasiado habituada a los titulares quedara ausente de los espacios donde se vive y se hace presente de verdad.

Desde el primer momento entendimos que aquel encuentro tenía algo de celebración contrarrestada, donde la alegría no pretendía negar el dolor, pero tampoco le concedía la última palabra. En cada rincón sucedía algo distinto: el aire se llenaba del aroma de la cocina tradicional, un castillo hinchable concentraba la energía desbordada de los niños, figuras gigantes recorrían el espacio, y pequeños corrillos se formaban y deshacían en conversaciones tranquilas, tejiendo el pulso del encuentro. La comida, como suele ocurrir en estos encuentros, actuó como un idioma común que invitaba todavía más a compartir.

Hubo gestos en los que la memoria se hacía presente de forma natural. Este viernes fuimos testigos de otros valores simbólicos del uso de la henna, que aquí no funcionaba solo como adorno, sino como un acto compartido, tranquilo y muy íntimo. Más tarde llegó el movimiento y los pasos, y entonces el ambiente cambió de ritmo: la dabke apareció sin introducción ni preámbulo, fluyendo, pasando de unos cuerpos a otros. La música fue aflojando la timidez y convirtiéndola poco a poco en complicidad. Nos fascinó la manera en que la fila se formaba y se deshacía para volver a surgir… y con solo observarla, todos entendíamos perfectamente que aquel movimiento colectivo hablaba de algo más profundo: de presencia, de unión, y de tener la voluntad de seguir adelante.

En esa misma lógica se movía todo: lo popular y lo político sin separaciones artificiales. Mientras unas personas charlaban con calma, otras se iban sumando, entrando y saliendo. Nos llamó la atención la variada presencia de profesionales solidarios, como médicos, profesores, artistas y otras personas vinculadas a redes de apoyo. Nos pareció también mágico que niños y adultos compartieran territorio. Entre actividades, juegos y un castillo hinchable que funcionó como el epicentro de alegría en mitad de la tarde, Zigia28 se llenó de una energía que lo llenó todo. Tuvimos asimismo la ocasión de hablar con algunos de los componentes de Pallassos en Rebeldía, quienes estuvieron presentes durante todo el evento con su luminosidad y aportando su manera de hacer política desde el humor.

Esta fascinada jornada solidaria estuvo impulsada por la Asociación de la Comunidad Hispano-Palestina Jerusalén, un colectivo con trayectoria en Madrid desde finales de los años 80, nacido —según explicaban ellos mismos— para dar visibilidad a la diáspora palestina y sostener reivindicaciones como el derecho de retorno y el fin de la ocupación.

Visto desde dentro, lo más valioso no fue quizás la actividad en sí, sino el modo de organizarla: era una propuesta pensada para que cada persona encontrara un lugar —en la conversación, en la cocina, en el baile, en el juego, en el silencio— y para que el tiempo se estirara sin prisa.

Hubo en este bellísimo encuentro un objetivo claro que quedó manifiesto sin necesitar ni un ápice de solemnidad. Las actividades se sucedieron con naturalidad, permitiendo que cada persona encontrara su lugar dentro del conjunto. Era imposible sentirse ajeno. Y más allá de la diversidad de propuestas y de quienes participaron, el encuentro nos dejó una impresión clara: la de un espacio compartido, construido desde la cercanía y el apoyo mutuo.




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