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El fantasma de Ayuso por Aleix Vidal Aguilá (16/12/25)

Nota del autor: este texto es una opinión personal. Como coordinador de Zigia28, no hablo en nombre del centro.

Antes de Navidad nos visitó Mar Espinar (PSOE-M) en nuestra sede de Zigia28 para charlar distendidamente con el periodista Jaime Rull. El encuentro, como suele suceder en este tipo de actos, transcurrió con amenidad. Acudió un público variado y hubo preguntas e instantes de risa, pero también algún momento de tensión. Jaime Rull llevó el ritmo con oficio: iba lanzando temas de actualidad y auspiciando la conversación, de modo que esta fuese algo vivo y no se redujese a mera exposición de argumentarios. Mar Espinar, por su parte, se mantuvo seria, tensa y a ratos incluso a la defensiva. Era difícil que no lo estuviese, por el clima político que rodea estos días a su partido y por el tipo de público que suele acercarse a Zigia28 (no subestime nadie a la gente del barrio y la potencia de sus intervenciones).

En un momento dado de la conversación salió a relucir un viejo tópico: la superioridad moral del proyecto de la izquierda. Ya conocemos su formulación: mientras que la izquierda mira por el bien común, la derecha vela únicamente por el interés individual(ista) del más fuerte, dando lugar con ello a una ley que malbarata la justicia social y convierte la sociedad en una jungla para cuya intemperie los débiles no encuentran refugio.

Aunque la sala escuchó e intervino con respeto, se palpaba cierta atmósfera de incomodidad y hastío. Estamos hartos del relato, y de que el relato no nos deje ver la política real. Porque el relato convierte la política en un partido de fútbol “moral” y nos quieren hacer creer que eso es Política.

Otra cosa es que la ciudadanía ya no perciba tan claramente que quienes se llaman izquierda encarnen los principios que dicen defender. ¿Será que no hay proyecto ni planes? ¿Cómo no va a haber corrupción si estamos instalados en el presentismo del Carpe Díem a costa de instituciones creadas por generaciones anteriores? La confusión entre política y moral nos mantiene en la inopia, dificulta hacer diagnósticos de los problemas reales y, por tanto, nos aleja (a nosotros, como comunidad política) de encontrar soluciones.

En política no basta con estar «del lado correcto». Hay que concretar. Hay que medir. Hay que asumir costes. Y ha de aceptarse que toda decisión política beneficia a unos y perjudica a otros. Bien común es una expresión hermosa, pero también engañosa, por cuanto su belleza oculta inevitables conflictos y juegos de equilibrios materiales, llenos de renuncias. Por ello, cuando alguien hace política de verdad, tiene que decir cosas incómodas: «subo impuestos aquí», «recorto allá», «priorizo esto sobre lo otro», «este sector perderá». Pero como eso crea enemigos inmediatos, es fácil caer en la tentación de difuminar con nobles principios abstractos los costes concretos de nuestras decisiones. Más aún, paradójicamente, si estas no se rigen por dichos principios. Si en vez de hacer política se juega a hacer moral, basta con decir «defendemos a los débiles» para ser de «los buenos» sin haber concretado nada. Y ya da igual si es cierto o no: la marca hace de coartada.

Quizá por eso el motor de la conversación fuese en varios momentos el ausente fantasma de nuestra invitada: Isabel Díaz Ayuso. Ayuso como amenaza, como excusa, como enemigo a batir. Es un recurso eficaz, pero tiene un límite: la gente que no se adhiere a ninguna hinchada no asiste a un acto político para oír argumentos contra Ayuso. Va para escuchar a favor de qué se está. Pero algo concreto, no vago y moral. Y ahí, al menos a mi parecer, faltó algo importante en la charla: horizonte. Plan. Proyecto.

¿Qué proyecto de país tiene el PSOE para España a diez o veinte años vista? ¿Qué plan concreto propone para la Comunidad de Madrid? ¿Qué renuncias y qué indicadores con que poder exigirle responsabilidades?

La política no puede reducirse al arte de no perder el balón. No puede convertirse en una sucesión de frases para no perder votantes. Cuando un partido se acostumbra a hablar solo en términos morales, corre un doble riesgo: en primer lugar, deja de pensar en términos de programa (¡ay, Anguita!); en segundo, se acostumbra a justificarlo todo en nombre de su bondad. Pero, claro está, nada corrompe más la moral que su instrumentalización. Así no sorprende que llegue la corrupción material, porque el mecanismo que la permite e incluso fomenta ya está blindado: sectarismo, relatos justificativos, superioridad moral y repliegue autoprotector.

Idealmente, en democracia, los políticos deberían ser virtuosos, porque su conducta marca escuela: lo que se tolera arriba se normaliza abajo. Pero no podemos fiarlo todo a la virtud. La democracia existe precisamente para que el poder no dependa de la bondad del que manda, sino de controles, normas, transparencia y castigos. Si los partidos convierten la política en un negocio, no es porque “se hayan vuelto malos” de repente, sino porque los incentivos lo permiten y los controles fallan. Aquí conviene recordar lo evidente y, no obstante, olvidado: los partidos también son organizaciones con intereses propios. En la práctica, funcionan como empresas de carrera política donde cada miembro busca mantener su sueldo, su puesto, su hueco en la lista. Por eso defiende un argumentario pensando primero en la Parte: él mismo y, como mediador necesario, su partido, su empresa mientras que el Todo —la nación política— queda en segundo plano, o directamente fuera. Y tras años de tergiversar el lenguaje e incubar autoodio hacia ese Todo, el vínculo con él se ha roto: ya no se sabe —o no se quiere saber— qué se está sosteniendo.

O sea, el problema sería cuando el partido deja de mirar a la nación y se dedica exclusivamente a sobrevivirse. Ahí es cuando ya no hace patria. No construye un marco común. Está usando el lenguaje para fabricar cortinas de humo y seguir beneficiándose: mantener la silla, mantener el relato, crear red de amiguismos y chiringuitos para mantenerse, señalar el villano. Hay que recordar a cada rato que la finalidad de la política no es que sobreviva el partido, es que sobreviva la nación.

Creo que el problema se agrava especialmente en la izquierda española debido a su dificultad para hablar de España como proyecto común sin complejos ni tabúes, y porque ha alimentado durante décadas una relación ambigua con la idea nacional —cuando no directamente hostil—, lo que le impide sostener un patriotismo político serio. Ya no es que haya un conflicto con la idea España: hay un malditismo con el concepto Nación y el concepto Patria. Por eso, a la hora de comunicar, a todo eso lo llaman País.

Repasemos: Estado, País, Patria y Nación no son lo mismo. El Estado es el instrumento: una red de aparatos reales que mandan y hacen cumplir. El País es pertenencia y paisaje humano. La Patria es el vínculo práctico de obligación y lealtad hacia ese marco común: no es una postal, es responsabilidad. La Nación es el proyecto histórico-político organizado con ciudadanía e instituciones. Cuando los partidos disuelven estos conceptos, pierden el norte. Y cuando se disuelven, lo perdemos todos.

Pero es normal que, en la era del wokismo —entendido como política de identidades convertida en moral de grupo— el PSOE (para sobrevivir) haya acabado entregándose al tribalismo identitario y sus sendas culturas. No debería extrañarnos.La imagen que mucha gente conserva del PSOE ya no coincide con lo que hoy es en la práctica, pero se intenta mantener su apariencia a base de relato, marca y marketing. Los afectos son así de poderosos y cegadores: te sitúan en un bando y, una vez estás dentro, ya da igual la realidad.

Lo más valioso de la tarde, en cualquier caso, fue lo que Zigia28 intenta provocar con estos encuentros: que nuestro salón de actos sea un cenáculo, no un par de gradas. Que se reúnan representantes de esas partes para reflexionar sobre el Todo y no solo de sí mismos en relación contra otra parte. Que el político que nos visite no se encuentre con aplausos o abucheos automáticos, sino con verdaderas interpelaciones de ciudadanos que, durante un rato, pueden ejercer conscientemente como tales, y salir del acto, no con más consignas, sino con más materiales con que formar su criterio. En una época en la que el debate público rebosa de moralina, etiquetas y miedo a hablar, necesitamos espacios donde se pueda deliberar sin convertir a otros en enemigos. Donde «España», «Madrid», «patria» o «bien común» no sean palabras prohibidas ni fetiches, sino asuntos concretos sobre los que se pueda pensar.

En fin, hay que decirlo alto y claro: no. La moral es moral y la política es política. La política habla de organizar poder, recursos, instituciones, prioridades y límites dentro de un Estado. Y eso exige concreción, medición, costes y renuncias. Exige, sobre todo, decir la verdad aunque duela.

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