Crónica del coloquio sobre corrupción: entre la picaresca y la conciencia (21/01/2026). Por Isabel Camblor.
Este miércoles 21 de enero tuvimos la ocasión de asistir a una conversación abierta sobre la corrupción política y judicial en España, un tema tan antiguo como incómodo y, sin embargo, siempre actual. Presentado por Jaime Rull —comunicador, periodista y colaborador habitual de Zigia28—, el coloquio estuvo protagonizado por Pedro Gómez, periodista especializado en tribunales y corrupción política, que desde los primeros minutos invitó al público no solo a escuchar, sino a mirarse en el espejo de una realidad que nos interpela como sociedad.
El coloquio comenzó mirando muy atrás, al Lazarillo de Tormes. No fue una casualidad: Pedro Gómez quiso abrir la conversación recordando al pícaro como una figura fundacional de nuestra cultura: astuto, superviviente y tramposo. Un personaje al que, de algún modo, seguimos comprendiendo demasiado bien. Porque —se preguntó— ¿quién no ha hecho alguna vez una pequeña trampa? ¿Quién no ha pensado que, si no lo hace uno, lo hará otro?
Animado por Rull, Gómez fue tejiendo una reflexión muy interesante sobre nuestra relación cotidiana con la corrupción. En ese primer tramo del coloquio, Manuel Pacho —compositor del himno del Partido Popular—, aportó una comparación que nos pareció profundamente reveladora: en otras culturas, cualquier robo, por mínimo que sea, es considerado delito; aquí, en cambio, somos más permisivos, clasificamos, graduamos, relativizamos. Hurtos pequeños, robos grandes. Como si la moral también pudiera dividirse por tramos.
La corrupción, explicó Gómez, ha cambiado de forma con el tiempo. Antes se trataba de engordar cuentas en paraísos fiscales; hoy predomina lo que llamó “corrupción de proximidad”: asegurar el entorno, facilitar la vida a los cercanos, blindar el círculo personal. Cuando estallaron los grandes casos mediáticos de 2010 y 2011, muchos corruptos se sentían intocables, protegidos por sus cuentas suizas y por una cierta complicidad de la prensa, ese “periodismo cortesano” que miraba hacia otro lado.
Otro perfil descrito fue el del corrupto de poder: aquel que no busca tanto dinero como dominio, influencia, permanencia. Se rodea de colaboradores hábiles, capaces de moldear la opinión pública, de sembrar dudas, de condicionar relatos. De ahí la insistencia de Gómez en una recomendación básica: ser críticos, contrastar, no aceptar sin más lo que se nos cuenta. Como ejemplo de este tipo de entramados se mencionó el caso de la Presidencia de la Comunidad de Madrid.
¿Cómo salen a la luz estas tramas? Según Gómez, casi siempre por dos motivos: el clásico “¿qué hay de lo mío?” —alguien reclama lo que cree que le deben— o por líos sentimentales. Y, a menudo, por una pulsión más profunda: el deseo del corrupto de exhibir sus logros, de contar lo que ha conseguido. Es en ese alarde donde empiezan a caer las piezas.
El debate se enriqueció con las intervenciones del público y con referencias culturales, como la serie Celeste. En ella, una inspectora de Hacienda, interpretada por Carmen Machi, pronuncia una frase que desde el público supimos reconocer: “Conoces a una persona cuando conoces sus cuentas”. Porque ahí está una de las claves: seguir el dinero, examinar movimientos, detectar incoherencias entre ingresos y estilo de vida. Algunos intentan no dejar rastro durante un tiempo; otros confían en empresas fantasma o en triquiñuelas contables. Casi todos acaban equivocándose.
En el turno de preguntas apareció un nombre concreto: Alberto González Amador, pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Gómez estructuró su análisis en tres ejes: corrupción (facturas falsas e irregularidades), ambición (no saber parar) y posición de poder (la sensación de impunidad que da estar cerca de quien manda).
De ahí se pasó a la psicología del corrupto. Se habló de adicción: empiezas con algo pequeño —una entrada de fútbol, un favor insignificante—, no te pillan, repites… y ya no paras. La corrupción engancha porque proporciona dinero, pero también poder, importancia, reconocimiento. Alguien recordó la respuesta de un famoso corrupto al ser descubierto: “Que me quiten lo bailao”. Una frase que condensaba toda una filosofía.
Un psicólogo del público esbozó un perfil que nos resultó muy sugerente y revelador: vanidad, afán de aparentar, repetición del comportamiento y, muy especialmente, narcisismo.
¿Por qué algunos se libran? Gómez fue pragmático: por ser más listos que sus subordinados, por no reunirse donde no deben y por no dejar mensajes comprometidos. Jaime Rull propuso incluso un “ranking” de corruptos: Francisco Correa como corrupto total; Zaplana y Bárcenas entre los destacados; Roldán y Ábalos entre los más torpes.
Y entonces llegó la pregunta final, quizá la más incómoda: ¿son los políticos un reflejo de lo que somos?
La respuesta de Gómez cerró el coloquio con una apelación directa a la conciencia. La corrupción no empieza arriba, empieza abajo. En cada IVA no declarado, en cada ingreso oculto, en cada “no pasa nada”. Ese dinero que no aportamos es dinero que falta en hospitales, escuelas, servicios públicos. El corrupto no roba a una abstracción: nos roba a todos. Por eso —concluyó— no basta con castigar judicialmente; hace falta reproche social, conciencia colectiva y una ética cotidiana que empiece por uno mismo.

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