La tarde del viernes 9 de enero de 2026, Zigia28 se convirtió por unas horas en un sorprendente universo onírico: nuestro espacio se transformó en un lugar que parecía obedecer a otra lógica, como si la realidad se hubiera permitido un desvío: niños corriendo libres, atravesando el espacio con su risa desordenada, mientras a su alrededor iban surgiendo figuras de lo más improbables: cuerpos exageradamente altos, sombreros que desafiaban la gravedad, disfraces imposibles que remitían más al territorio del sueño que al de lo reconocible. Todo tenía algo de cuento trastocado, de escena a medio camino entre la fantasía y la vigilia; se trataba de una performance espontánea compuesta por personas absolutamente diferentes que, sin embargo, encajaban a la perfección. En ese paisaje prodigioso, los niños eran el eje, la medida secreta de lo que estaba ocurriendo. Y quizá por eso el ambiente lograba algo poco común: convertir la reivindicación de Palestina en un espacio habitable, cálido y comp...